Si un singular es un compuesto histórico, entonces no es un singular óntico.
No obstante, debe haber alguna realidad que corresponda a los singulares: antes de que se pueda enunciar el pensamiento ‘color’, tendremos que rehistorizarlo, con su tiempo y con su espacio – cada mancha, cada saturación, cada inflexión de sombra, cada tinte e intensidad, cada extensión, cada brillo, cada giro y subsistencia compone nuestro concepto de color. Por lo tanto algo fáctico –óntico– subyace a todos estos descriptores y atributos: es algo que escapa la sujeción de la conceptualidad, la precede y la rebasa, y no requiere de nuestra postulación.
Pero cada vez que acercamos el pensamiento a ese algo, se pierde entre las concepciones que son imprescindibles – algo activa la espontaneidad de los conceptos. O dicho de otra manera, algo –ese algo– activa su propia subjetividad. Cuando por fin aparece el pensamiento del ser casi-singular es cuando su facticidad comienza a colapsarse en su propia conceptualidad, cuando una muerte toca por fin al pensamiento con su respectiva ir/realidad. Así parece acaecer la dialéctica de vida y muerte incluso en los esfuerzos del pensamiento. El pensamiento surge hacia el ser al definirlo – esto es la ontología – pero al hacerlo, se encuentra enmarañado en su reflejo, en su μίμησις, y en su Gestell: el pensamiento está estructurado como ideas y/o conceptos y/o lenguajes, y la mediación entre estas agencias y el ser es abismal. Tan infinitamente indirecta es esta mediación, que la mediación misma es el código máximo – aunque imperfecto – para enunciar lo que tiene de verdad – y lo que entendemos y hablamos en tanto que verdadero – en lo real. Esto es la epistemología.
La singularidad del ser es histórica (y no ‘la singularidad de la historia es el ser’; ni siquiera ‘lo real’ como concepción ontológica agota las posibilidades del νους humano). Los secretos abiertos de esta experiencia intelectual crítico-histórica y trascendental-sociopolítica es el complejo esencial de la epistemología.