I.
La ‘sociedad’ –noción indispensable– exige ver el ídolo que es la hipóstasis de nuestra relación con las ideas – los emblemas de una filosofía de la historia personal. Empero, los individuos que practican la idolatría del pensamiento –seres humanos de la filosofía– son menos, y simultáneamente más, que el “auto-concepto” de lo que, sin cuestionarse, se nombra “persona” y/o “miembro de la sociedad”. Por eso la ‘sociedad’ y sus apetitos reificado-reificantes, parecen desprovistos de derecho en sus exigencias.
Sin embargo, la reificación, sabemos, tendrá que ser redimida mediante el tratamiento ‘clínico’ de su ‘objetividad fantásmica’, extrayendo toda semblanza de positividad, e inmiscuyendo el excedente constitutivo de una subjetividad socialmente constituida. Un realismo trascendental, con su énfasis pragmático, es el respaldo de discursividad con el cual se aspira a recuperar la verdad de ambos la reificación y la subjetividad constituyente-constituida reificada.
Entonces, la exigencia simbólica voluble desde la cual la ‘sociedad’ pide (y busca imponer) una im/postura necesaria y paradójicamente verdadera de nosotros mismos – humano político, humano psicológico, etc. – tendrá que ser apaciguada. Los signos emblemáticos (y tribales) que son reclamados socialmente, además, tienen la exigencia adicional de que deben presentarse “con una certeza a priori” (a la manera de “creo absolutamente que…”). Asentir a estos deseos ‘colectivos’, puede hacerse con honestidad intelectual, si y sólo si, se reconoce que todo lo que supuestamente es a priori en efecto lo es, pero que, de manera simultánea y condicional, es también a posteriori: o sea, que en la lógica histórica de la conceptualidad, a priori y a posteriori son sinónimos conceptuales, y que, por lo tanto, la intelectualidad de la declaración es socialmente contingente, e intelectualmente “social” y también asocial.
II.
Si alguna vida humana tiene un compromiso moral con el pensamiento en sí, en su carácter θείος, entonces debe acatar las ‘leyes de la hospitalidad’ epistemológicas: ‘la Deidad’ (יהוה) no puede ser afirmada en proposiciones ontológicas válidas, pues no hay facultad en la racionalidad formal que sea necesaria ni suficiente para ello, es decir, no es posible demostrar la validez de dichas proposiciones. Igualmente, la negación de las proposiciones ontológicas respecto a יהוה tampoco tienen demostraciones racionalmente válidas. Ambas posiciones, el teísmo y el ateísmo, fungen conceptualmente con el núcleo de uno de dos posibles caprichos noético-afectivos: la afirmación o la negación de יהוה.
El agnosticismo filosófico, en cambio, es el criterio noético de juicio, que opera bajo la forma de ‘abstención de juicio’ (nótese que no es una simple ataraxia). La esencia del criterio reside en la medida de su salud intelectual (esto es, en la ética dentro de la lógica teórica). ‘Agnosticismo’ es el título que expresa el desinterés por la “existencia” (y la “inexistencia”) de יהוה. No es un desinterés apoyado en el desdén, sino en los imperativos sobre cómo ha de definirse lo pensable de una manera filosóficamente digna.
¿Qué consecuencias tiene esta decisión ante la experiencia intelectual como ‘tipo ideal’ filosófico? Primero que יהוה se vuelve propiamente una noción, una entidad noética, sujeta al escrutinio intelectual del profesional en filosofía; esta noción queda expuesta también a la destructiva negatividad del pensamiento, en su dignidad θείος.
Segundo: el respeto por los intereses cognitivos humanos dicta que la filosofía puede –incluso debe– encontrar rutas de tratamiento teórico que permitan un acercamiento a temas inmediatamente no-filosóficos. Así entonces, podría ser que la θεωρειν efectuada por alguna filosofía de la historia definida, tendería a ver en יהוה el prototipo de la racionalidad formal. Otra θεωρειν más filológico-poiética podría encontrar en יהוה una figuración básica, pero abstracta, del pensamiento y su atribución como θείος, que, desde la disposición filosófica agnóstica, significa la más preciada postulación de significado, en un sentido extra-lingüístico, más propiamente onto-poiético.
Tercero: el interés por el pensamiento en sí, como expectativa de la experiencia intelectual, encuentra entelequizaciones noéticas concretas mucho más provechosas para la meditación filosófica en los sustantivo-genitivos relacionados con lo θείος: en los θεοί y las θεαί; es decir, en Ζεύς, Aπόλλων, Αθηνά, Aφροδίτη, etc. Los dioses griegos, por ser constelaciones “pre-conceptuales”, y signos interactivos subjetivados en las narrativas, sobre todo en la gran ontología ética llamada τραγωδία, tienden a rendir inesperadas intuiciones dialécticas respecto a las ουσίαι y a la lógica de la conceptualidad. Los θεοί y las θεαί, son así –mediante la disposición filosófica agnóstica en alianza con una semiótica-trascendental– un substrato de intensidades y fantasmas (des-entendimientos, quebrantamientos conceptuales, afecciones radicales, etc.), a partir de los cuales acaecen las experiencias intelectuales.