El concepto y vehículo de conocimiento designado ‘conciencia’, se ha señalado, hace violencia sobre la cosa que es conocida. Por eso, cuando se retoma la pregunta por la efectividad de una posible autoconciencia, que también sirva los propósitos del conocimiento, debemos concebir una noción violenta de autoconciencia, inmersa en la necesidad de la violencia.
El ejemplo histórico hegeliano no aclara las circunstancias esenciales de la violencia como constitutiva de la autoconciencia, sólo se describen los engranes del funcionamiento de una forma violenta –entre muchas– de diferencia y superación de jerarquía noética ideal.
La experiencia del conocimiento –el ser ‘consciente’– muestra con diferentes magnitudes de claridad, la posibilidad de experimentar el carácter concreto de otra conciencia, incluyendo una noción vaga de la incomunicabilidad de la otra apercepción. La misma incomunicabilidad, sin embargo, es la condición que expide la diferenciación agresiva ante el otro. Una mera autoconciencia, jamás podría conocer la inefabilidad que compele al otro a apuntalarse, aun para su desventaja, como una contra-esencia de la autoconciencia (suya y la del otro).
Es por eso que, en el intento de reconstruir una autoconciencia que se sabe cognición violenta, hemos de construir un dispositivo que nombraríamos ‘simulacro’, si no fuera que éste término se acerca al horizonte del fantasma. La violencia del otro no es fantásmica, es concreta e infinitamente cercana. El dispositivo que debe construirse con la cercanía de un doble, desde el intelecto puro hasta la conciencia, es mimético, imitativo de la agresión aperceptiva de los otros. Una μίμησις tal, no representa una realidad estática de los otros, sino una posible intención y propósito futuro de los otros: todo un arte de la violencia intelectual posible.
Lo importante de este modelo, es comprender que es real, efectivo y concreto, por lo menos en tanto que busca imitar la agresión intelectual de la percepción, en anticipación de lo que la autoconciencia agencial ya es. La realidad intelectual, como toda realidad, es situacional, y por lo tanto ontológicamente dependiente de la situación ante los otros. Esto significa que el prefijo “auto-” en autoconciencia es acompañada por el cogito violento de cada otro, como si su acto colectivo fuese uno. Este único acto, que en efecto es la agresión aperceptiva de los otros, es coincidente con el carácter único agencial de un modelo de autoconciencia.
El dispositivo, lo que hemos llamado el modelo, es la introyección ataráxica de lo que podremos conocer, y definitivamente de lo que podremos ser ontológicamente en tanto que autoconciencia. Pero el cogito violento de cada otro, que debemos procesar en un modelo con el cual deliberadamente nos confundimos para adquirir conocimiento, no está al servicio de un conocimiento que pudiera ser un fin en sí mismo. Más bien, cada modelo que logremos diseñar para nosotros mismos, es la condición mediante la cual dos apercepciones agresivas pueden infligir su violencia, como acto de apaciguamiento intersubjetivo. El suelo de este sacrificio, se sugiere, es el modelo que introyectamos intelectualmente y que es interpretado proyectivamente. El ser de la autoconciencia se encuentra efímeramente, en la intersección de los dobles –los diseños– que hemos nombrado ‘modelo’.
La realización del acto violento conjunto sobre el modelo, es nuestra oportunidad de conocer la esencia de la agresión intersubjetiva. Y la re-interpretación del modelo es el parpadeo que expone un conocimiento del carácter agencial del pensamiento que típicamente se nombra ‘autoconciencia’; pero esta agencialidad no es ni individual ni colectiva propiamente, sino ambas. A esto último podríamos llamarle ‘pensamiento’.