Monday, August 31, 2009

Palabra y memoria.

El conjunto de vocablos de un idioma, sus reglas sintácticas, sus expresiones más comunes, representan tanto antiguas nociones y actitudes como la evolución de las mismas. Por ejemplo, el vocablo “palabra”, que anteriormente fue “parabla” y antes aún “paravla” se originó en el latín “parábola” que significaba comparación o símil y el cual a su vez viene del griego “parabolle” que significaba comparación o alegoría. El origen más remoto que una rápida revisión de la etimología puede detectar, nos informa que el sustantivo griego se formó a partir del verbo que significaba “poner al lado”. Esto nos indica que quizá todavía en la antigüedad clásica se usaba el lenguaje de una manera tan tentativa y hasta insegura como ahora se da el caso al usar una lengua extranjera, por ejemplo. Se entendía que al hablar se estaba haciendo una selección cuidadosa de los términos que se usaban de manera que se revelaba cómo al usar un término se estaba hasta cierto punto definiendo a la cosa. La conciencia de esta situación se da hoy día sólo en casos especiales, por ejemplo, cuando tenemos que decidir entre usar la palabra rumor o comentario, lo cual puede significar una diferencia importante. Antiguamente, la distancia entre individuo y habla era mayor, por así decirlo.

Esto nos trae al análisis del término “habla”. La palabra “fabuloso” significa “de fábula” pero parece ser que últimamente se le usa para designar algo “grandioso”. La palabra “fabulosus” indicaba en latín algo que era objeto de muchas fábulas aunque para los romanos “fabula” significaba habladuría o rumor. “Fabulari” significaba hablar o conversar y tenía origen indoeuropeo. “Fabulari” se trasladó al español como “fablar” y más tarde se sustituyó la f por la h para llegar al término contemporáneo “hablar”. Es importante subrayar que el término actual “fábula” parece haberse originado en español como un equivalente culto de “habla”. De nuevo, todo este análisis nos lleva a la original exigencia, en el habla común, de un mayor cuidado en nuestro uso de las palabras, exigencia que va desapareciendo. Para dar un ejemplo similar al anterior, hoy suele decirse “fantástico” cuando se desea referirse a algo que es muy bueno, pero se pasa por alto la conexión de este término con la fantasía o siquiera con lo extraordinario. Quizá pudiera argumentarse que existe, ya incorporada al habla común, una falta de sorpresa ante lo poco conocido, como también parece indicarlo la caída en desuso de términos como “exótico” o “excéntrico”, es decir, hemos aprendido una serie de actitudes y mecanismos mentales que nos permiten asimilar con naturalidad lo que antes causaba sorpresa o hasta asombro.

El conocimiento del lenguaje se convierte en un ejercicio de la memoria contenida en el lenguaje. El conocedor del idioma se ha convertido en una especie de curador de museo, un especialista a quien se le confía el cuidado de objetos de valor arqueológico, histórico o artístico, de manera semejante a como, en la Grecia Clásica, los iluminados eran los intérpretes de las pitonisas, y quienes sabían descifrar el sentido de sus gritos y gemidos. Explicaban al público qué decían en los versos que contenían las profecías, expresadas en un lenguaje enigmático y ambiguo. A diferencia de aquél público no iniciado, nuestra memoria de las palabras se manifiesta indiferente a su significado e historia, efecto quizá de tendencias culturales profundas contra la memoria y el recuerdo, hecho mismo que quizá quien nos haya hecho el favor de leer estas líneas está en éste momento listo a convocarnos a olvidarlo y no investigar más.