Thursday, November 05, 2009

Experiencia espiritual.

Toda reducción filosófica, aplicable en otros tipos de experiencia, queda cancelada frente a la experiencia de ‘lo espiritual’. La dificultad reside en que las formas de la esencialidad de ‘lo espiritual’ superan el entendimiento: pues ‘lo espiritual’ no es accesible ni de manera intuitiva ni de manera intencional. Su presencia se toca sólo en el doblez de su esencialidad, que une sus extremos en el signo de la destructibilidad.

‘Lo espiritual’ se experimenta primero a sí mismo en el reconocerse como un principio determinado de realidad. Esta, su verdad, es un principio reificado. Ese mismo carácter cósico, no obstante, mantiene una significación siempre ajena, en tanto que no es coparticipe de su contemporaneidad, ni es idéntico a sí mismo, ni cesa de ejercer sobre sí mismo la labor de una transitoriedad no-positiva. Esta misma negatividad, figura para sí una libertad de auto-antagonismo: ‘lo espiritual’ se desdobla en su misma materialidad noética contra la cual rompe, en llamas.

Después, ‘lo espiritual’ se figura como ‘aliento de la humanidad’, sufriendo el ser del espíritu (mas no el espíritu del ser, nunca). En conflicto inagotable se erigen civilizaciones, culturas, sociedades – la experiencia intelectual de estas realidades surgiere una continuidad onto-dialéctica que nombramos historia, ley, contrato y Estado. Cuando sucede un clinamen del espíritu-aliento, sea del πνευμα al ruah o del ruah al πνευμα, este atemwende tiene el nombre de 'destino'. Destino es la des-experiencia que reúne la vida que es muerte con las esencias del futuro, la del κλέος y la del Geist.

La experiencia fáctica y anímica de once millones de asesinatos, incendios del νους, en el momento en que se intentaba combinar sus fuerzas con un spiritus ya hacía tiempo carbonizado, impide que se geste una sociedad humana, mas no una de muerte y de horror. Con la más sanguinaria ferocidad, el Geist se encamina hacia una tierra blanca, y arrebata el alma con violencia. Alma y Geist, destinados, aprenden a descender hacia la autenticidad, lo que presagia la concepción de una época sobrehumana. Claramente, esta perversa ilusión habitaba en la mano del Ungeist nacionalsocialista, que ideó genocidios de magnitudes histórico-universales, abominables a la posteridad. Nosotros, al mirar las esencias violentadas de las víctimas, somos desublimados hacia el estado de consustancialidad con lo más deplorable: con el verdugo en sí.

Bajo estas condiciones, nuestro único remedio reside en recuperar las figuras de las esencias injustamente descartadas, y, en ausencia del espíritu, efectuar una volición de ser y de deber ser, sobre la suerte de una experiencia espiritual, que sale a ser desde las cenizas y de los cadáveres, y desde el espectro de una desaparición geistlich, fantásmica.