Tuesday, March 02, 2010

La experiencia atea en filosofía.

1.
El acercamiento al “Dios” de los creyentes provoca resistencia en la sensibilidad filosófica de hoy. Está claro que “Dios” es una estructura monádica-cognitiva, y que detrás del ella está, para el creyente más genuino, la “experiencia” de la “fe”. Pero esta “fe” es filosóficamente inimaginable. No queda claro cómo el antojo vivencial de “fe” puede ser experiencia, pues “fe” no está diseñada para ser descrita en su proceso anímico-cognitivo, ni en su correlato noemático-cognitivo. Se trata de una “in-periencia”, una intención-interiorizante, una des-relación de intensidad.

Para el escrutinio filosófico, “fe” es una super-determinación de inmanencia, interpretada como resistencia a liberarse de sí – no es posible palpar una negatividad de “fe” respecto a sí misma.

Por otro lado, la intuición de “fe” supuestamente es inmediata, un estado psíquico que siempre comienza absolutamente: se atenúa sin cesar en un estado de sí, sólo para reactivarse en su comenzar absoluto. Este carácter interminable es comprendido por el creyente de acuerdo a la postulación de una intervención de la “gracia de Dios”. Tal garantía de consistencia ciertamente sería sobrehumana, mas permanecería inalcanzable para la imaginación intuitiva, excepto como el resultado de combinaciones insostenibles de nucleación.

Las secuencias de “fe/gracia de Dios/Dios” y “Dios/gracia de Dios/fe” no recorren una conceptualidad condicionada por el animismo del pensar, ese estar expuesto a la eventualidad de la praxis humana, cuya firma es la multiplicidad de respuestas ante toda circunstancia de sentido. Dicho desde otra preocupación, la conceptualidad intransigente de las inferencias creyentes se muestran como la opresión de una de las existencias básicas del pensar: la libertad. Ante la hipóstasis absoluta de la libertad creyente, que también pretendería cobrar un sentido absoluto, el pensar filosófico, y su sentir, queda vejado ante la supresión de su libertad limitada, siempre ávida de trabajo.

2.
Pero si la reacción del proceder filosófico ante el auto-encadenamiento de la libertad “absoluta” del creyente y su no-ser-libre –mediante la “fe”– es exasperación, las razones de ello también se encuentran en la invasión noética ejercida por el emblema cognitivo de “Dios”, esta mónada de conceptualidad que pretende ser afuera del tiempo y del espacio, pero que en efecto es una pesada afrenta de socialidad dañina y de culturalidad regresiva contra la individualidad y su expresión: el pensar. En éste sentido, la experiencia atea del recorrido incondicionado de lo filosófico excluye a “Dios” en su conceptualidad, precisamente porque, en tanto que concepto, funciona como contra-concepto: limitando la imaginación aperceptiva, reanimando la situación social asfixiante, y proclamando su soberanía ante intereses desastrosos, hoy día confinados al campo de la teología, donde su auto-condicionamiento es también su límite.

La intrusión de lo social mediante el “Dios”, que determina el rechazo ético emitido por la experiencia atea, constituye una plena verdad: que “Dios” es un aspecto duro y destructivo en la experimentación y la experiencia filosófica; que “Dios” es la presencia humana que impone lo práctico-inerte en el pensar de la exploración filosófica; y que obstruye la praxis filosófica que busca desenmarañar el impulso obstaculizante dentro de la socialidad.

“Dios” es algo humano, tan humano como el dinero y la escasez: no muere, no vive, no duerme, no está ausente. Es una realidad cognitiva social que debe ser socialmente combatida, mediante la instalación de relieves filosóficos de experiencia, sin confundir la intervención social filosófica con la experiencia filosófica que la acompaña. La conjugación de ambos tipos de experiencia puntualiza un esenciarse parcial de la experiencia atea de la filosofía: ésta experiencia, nuestra experiencia.