Monday, May 10, 2010

El ser humano como evento.

La filosofía se ha encontrado con el evento como problema formal de varias maneras a partir del siglo XX pero el evento no se ha situado dentro de una lógica teórica, lo cual explica en parte su ambigüedad y su resistencia a la definición. Si ahora queremos constituir una dimensión del evento que involucre también a la noción del ser humano y viceversa, es preciso atender primero a la necesidad de un posible fundamento teórico del evento.

Desde Heidegger, hemos trabajado con las nociones derivadas del Ereignis, el llamado ‘evento-apropiador’, lo cual tiene efecto tanto sobre los dioses, mejor dicho, sobre nuestras nociones sobre lo divino, como sobre la tierra y el mundo, mientras impulsa la verdad del ser. Todo esto se logra pasando por sobre la ontología y apenas resuena como un acontecer en el pensamiento humano.

Gadamer parece encontrar resultados similares tratándose de sus ideas respecto a la comprensión hermenéutica: el sentido y el significado son un evento espontáneo que hace eco de la fusión de los horizontes culturales y con ello la tradición se alimenta mas nunca progresa, ni siquiera cuando dicho evento tiene su doble en un ‘ocurrir de la verdad’ que se sitúa en el pensamiento humano.

La aspiración o pretensión de verdad en las posturas de Heidegger y de Gadamer no sobreviven una evaluación de autorreferencialidad proposicional-performativa pues no está claro cómo la propuesta del Ereignis sería a su vez el producto de un impulso de la verdad del ser, ni cómo, con Gadamer, la propuesta del ocurrir de la verdad sería autosustentable, es decir, si proviene de fuera del pensamiento humano. Más bien ambas propuestas revelan su constitución no claramente teórica sino más bien improvisada y en lucha por encontrar sustento más allá de sí mismas.

En cambio, situando su propuesta en un nivel teórico filosófico reconocible, en la ontología, Alain Badiou propone una noción de evento como un múltiple de singularidades que no pueden ser contadas numéricamente, y cuyo término es inmanente a sí mismo, por ejemplo, ‘Revolución Francesa’. El evento es así, histórico, no natural y, en cuanto “el ser de un no-ser”, existente. Parte de la dificultad de una evaluación de autorreferencialidad proposicional-performativa, es que en ningún momento Badiou pretende que sus declaraciones representen eventos. Por otro lado, todas sus declaraciones contienen elementos que apelan a una comunidad comunicativa ideal a cuyas reglas dicen seguir y al mismo tiempo reflejan una concepción de verdad intersubjetivamente válida en el horizonte de un racionalismo público. Además, finalmente, pretenden, sin ambigüedad, ser declaraciones dotadas de una rectitud normativa, es decir, éticamente relevantes y hasta inapelables.

Aunque Badiou se limita a exponer las estructuras del evento que él designa como ontológicas, pretendidamente apoyándose en que las mismas están fuertemente identificadas con las matemáticas de Cantor, no especifica sin embargo, en El ser y el acontecimiento, por qué el “el ser de un no-ser”, hace del evento un existente. En Lógicas de los mundos, Badiou define brevemente que ‘existencia’ es el grado de auto-identidad que se obtiene en un mundo, pero dentro de la categoría del aparecer, no del ser. Además en el inicio de Lógicas de los mundos, Badiou define una empresa trascendental de la cual se obtiene una ‘lógica de la aparición’, cuyo “compañero histórico” sería, según él, la Ciencia de la Lógica de Hegel. El existir y sus variaciones en el pensamiento de Badiou encontrarían entonces sus raíces en Hegel, no en Badiou mismo.

Es en esta disyuntiva donde podemos encontrar una noción del sitio que podría tomar el evento dentro de una lógica teórica filosófica, pues la Ciencia de la Lógica, aparte de cumplir con las funciones programáticas de categorizar los pensamientos independientemente de la conciencia, también proporciona la primer cartografía de una totalidad posible de la subjetividad, en el sentido más amplio del término.

Hegel sitúa al existir como una forma menor del evento, pero también como la función del pensar en la cual la esencia, rubro que media entre el ser y el concepto, se expresa. Todas las categorías de la esencia, aquella aparición del no-ser que manifiestamente es, presenta las mismas características: desde el brillar, hasta las reflexiones (identidad, diferencias, contradicción), luego el suelo-fundamento, hasta la existencia misma, que desemboca en el aparecer, la relación, y la realidad. En todas, el no-ser, en excedencia del ser, hace un pliegue sobre sí mismo, para definir aspectos básicos de lo discerniblemente real y lo reconocible como dotado de fuerza, sentido y significado, es decir, lo que es inmanente a sí mismo, lo que es sustento y explicación de sí mismo, puede ser concebido como experimentable. La existencia, como todo esenciarse y todo aparecer, sale a ser, o siguiendo la semántica castellana, sale a estar. Desde el no-ser que sin embargo es, el existir es la función de salir a ser, para definirse, momentáneamente, no como un ser, sino como un ser-ahí, ya dotado de sentido humano, ya reconocido ‘ahí’, performativamente. Este juicio lo emite el pensamiento.

De la misma manera hemos de pensar ahora esta existencia que sale a ser históricamente, el evento, y tendrá que estar delimitado siempre-ya humanamente. Con Sartre, Badiou concibe a la historia como no teniendo su propio ser. La Revolución Francesa no es un ser sino un fenómeno, un ser-ahí. Es apropiado atenuar esta ausencia teórica agregando que además la historia también es una esencia. Importante también es señalar que sólo lo real es histórico, aunque lo que depende de una intervención noética también podría parecer ejemplo de un evento: de esta manera nos habla Jean-Joseph Goux al describir la historia de la filosofía como ‘fundada por Edipo, y por lo tanto, edípica’. El pensamiento paulino pretendería algo muy similar, aunque mucho más ambicioso, cuando declara que la Crucifixión es el evento ‘cósmico’ que nos permite pensar el acontecer divino de manera ‘efapax’, es decir, de una vez por todas; o Bultmann, que sugiere que la ‘efapax’ es la esencia de la fe efectuada por cada individuo histórico, una y otra vez, como una eterna recurrencia.

El evento, dentro de los parámetros de Hegel y Badiou, puede ser interpretado en términos de la física como en constante acaecimiento en el universo. La renovación del arjé de las cosas, en cada objeto e instante, es la expresión fidedigna del conocimiento humano sobre el mundo. Pero ahora será el ser-humano mismo, a su vez una esencia e implícitamente un ser y un concepto, el que tendrá que delimitarse como un evento, incluyendo dentro de sí la contingencia que es inmanente a todo ser, toda esencia y todo concepto, según la lógica elíptica del hegelianismo.

El ser-humano es evento, esencialmente, en tanto que en él acontece el lenguaje (habla y escritura), una forma avanzada de interacción comunicativa que se expresa primero con proposiciones y después, potencialmente, con una escala de variaciones ilocucionarias que reflejan, miméticamente, la realidad de los pensamientos. Los griegos usaron el término ‘zoon logon echon’ para describir esta esencia del ser-humano. No es la única esencia que puede ser mencionada del ser-humano, pero es la más sobresaliente. Y el lenguaje humano, el logos, es un evento delimitable e inconfundible, y que no cesa de acontecer. La noción del ser vivo que habla y piensa es inagotable en sus interpretaciones y asociaciones: el mismo Aristóteles dio otra definición esencial, aunque aparentemente secundaria, ‘zoon politikon’. La vida en sociedad es posible por la facultad de hablar y pensar. Las otras definiciones concebibles de lo humano, el homo-economicus, el homo faber, etc., revelan al ser humano como un múltiple de singulares.

Desde el inicio, entonces, el evento del ser vivo que habla/piensa se torna en una constelación con la vida misma, con la indiferenciación de hablar y pensar, es decir logos, con la posibilidad de la sociedad, y con la vida que se vive dentro de ella. No obstante, el evento del ser-humano nunca se confunde con sus asociaciones.

En latín, ‘zoon logon echon’ se tradujo como ‘animale rationale’, una interpretación insólita para algunos, pero brillante en sus consecuencias. El pensar se interpreta como razón, y se impone la autorreferencialidad del pensar con sus signos, buscando mantener coherencia dentro de esta autorrelación. La formalización de este procedimiento da lugar a la filosofía. Mas la razón tiene siempre la figura de ser su propia ciencia, imponiendo y simultáneamente descubriendo el sentido del ser, del existir, de la historia, del vivir, del propio pensar. El ser-humano constituye el comportamiento de los eventos, decidiendo, por ejemplo si el concepto de evento es un concepto puro, o si requiere que registre conscientemente su condición para que se efectúe su realización (como Zizek declara necesario).

El ser-humano subsiste desde y sobrevive su evento siéndolo. Como lo hemos rastreado con Badiou, el evento es un múltiple de singularidades que son no numerables, y por otra parte, la forma de dicho múltiple es ultra-uno, o lo trascendente de cualquier uno. Ahora, aquello que mantiene la continuidad temporal del evento humano es lo que Badiou llama la fidelidad, es decir, aquel o aquellos elementos que no son perecederos dentro del aparato llamado situación que mantiene al evento. Mientras que el ser-humano muestra facetas cambiantes de su esencia, por ejemplo, las que significan consecuencias metafísicas de la interpretación ‘animale rationale’, la labor histórica de la filosofía no falla en definir cada vez vistas más extensas de la esencia de lo humano: en el ser que trabaja, el ser social, cultural, histórico.

Para pensadores como Heidegger, la noción de autenticidad es el contrapunto para declarar que términos como humanismo, he incluso lo humanitas del humanum, llegan a ‘carecer de significado’, cuando su contenido de verdad parece agotarse y la figura verbal parece innecesaria y toda una faz de la esencia de lo humano parece expuesto como una mera reificación, la cosificación ilegítima de un no-ser en un ser-ahí. Y sin embargo, el ser-humano es el referente necesario al cual recurrimos como suelo esencial de la dialéctica entre el consejo y el ser. ¿Qué es lo que mantiene en situación al evento del ser-humano? La auto-trascendencia es un factor clave: conforme se conocen más definiciones del ser-humano, más dispuesta está su nucleación lógica para prescindir de su definición.

Dado que la noción corriente de ser-humano es una reificación cuya substancia socio-histórica tiende a desintegrarse periódicamente, podremos siempre rescatar su unidad cósica y su objetividad: su condición de evento, tanto en su fase de remanente como de emerger histórico. La esencia del ser humano es íntimamente sin faz, sin visibilidad noemática; sólo su superficie, su carácter explícito es definible, y es la definición misma. Siendo para sí la auto-trascendencia, manteniéndose en una libertad determinada, el ser-humano es una esencia que es su propio evento, que acontece en el agotamiento de su significado, sólo garantizando que otro, desde una exterioridad obsesiva, tome su lugar. Bien podría decirse que el ser-humano es presa de su propio significado y del auto-comportamiento de su nóesis trascendental. Pero estas mismas formulaciones exceden la realidad de la auto-trascendencia humana, realidad que constituye la fidelidad de los singulares, o esencialidades, que mantienen en acontecer al evento humano. Esta fidelidad, señala Badiou, sobrevive lo efímero y es la vigencia del ‘mundo de lo humano’, es decir, de la esencia de ese ser que en su término prescribe su definición: el ser-humano.