En su esencia, la labor de la experiencia intelectual busca definir un perfil trascendental de significación/experiencia, ante objetos disímiles temáticamente y, no obstante, similares en sus estructuras de aparecer y de presentificación. Los individuos que someten su potencialidad vital a una experiencia del pensamiento, en principio cohabitan en un público y una comunidad intersubjetiva. Tras el experimento mental de la experiencia intelectual de cada individuo, aun reconociendo su pertenencia a dicho público y a dicha comunidad, se torna en negatividad contra la socialización reificante impulsada por la sociedad misma, que busca neutralizar la condición subjetiva y a-subjetiva del pensamiento. En general, el dinamismo innovador viene del individuo que necesita expresar su particular visión mientras que la estabilidad viene del grupo surgiendo de su necesidad de definir las singularidades de su cultura.
Esta idea programática es tomada de Adorno, quien busca interrumpir la interacción esencial con la cópula, comprendida como lo que meramente ‘es’ de un objeto, y reconectándola con lo que fue (tiempo/experiencia histórica) y con lo que ha de ser (tiempo/experiencia utópica). Mediante esto que llamaremos fenomenología intelectual, y siguiendo a Adorno, se intenta lograr un índice descriptivo de los cumplimientos e insuficiencias ante el objeto del aparecer y ante el aparecer mismo. Al objeto se le concede una primacía epistemológica, en tanto que se perfila la posibilidad de la unidad no-idéntica entre su intuición y su concepto. El objeto no renuncia a su vínculo con el intelecto, pues defiende los derechos subjetivos de la objetivación; sin embargo este objeto nunca se reduce a su objetidad, pasivamente expuesta para ser mirada y disecada intelectualmente.
Por el contrario, el objeto de la experiencia intelectual debe ser leído como una primera superficie sobre la cual se inscribe un paisaje contextual que recibe significado de un universal inmanente, que también hace las veces de esencia. La cercanía del intelecto al objeto, descubre al último como saturado de sí, al mismo tiempo que saturado de manera intelectualmente significativa para el sujeto de la experiencia y del pathos filosófico. Donde prevalece la saturación de sí del objeto, la fenomenología intelectual recurre a una figura de experiencia enteramente negativa, que de cualquier manera se desarrolla como una intentio obliqua hacia la fenomenalidad del sujeto: la experiencia de la contra-experiencia, la instancia enteramente dada, pero no mostrada, del objeto. El objetivismo de la fenomenología intelectual sitúa la potencia del sujeto dialécticamente inmerso en una región extensísima de significados, intuiciones y conceptos – pero también en el seno de la materialidad no-conceptual, que interrumpe y aplica su propia caesura sobre la reproductibilidad del fenómeno y la fenomenalidad del objeto. Desde la primacía del objeto se deriva una lógica del concepto que siempre excede al concepto mismo, y simultáneamente hace interferir este exceso con un déficit del concepto mismo.
Mediante estas ideas, que se entretejen en perspectivas, la filosofía avanza en su propia secularización, mientras que ahonda en la concretización de sí misma como la intencionalidad misma del pensamiento. Dicho de otra manera, la fenomenología intelectual logra expresar el concepto, en su vida y como muerte, en cuanto dinámica del pensamiento. Mas se menciona aquí la filosofía como universal, reflejada en lo particular de un grupo lingüístico-geográfico. Es decir, se hace alusión a un pathos filosófico ya activo en toda la comunidad nuestra de estudiosos de la filosofía, que gradualmente incrementa su capacidad de describir la creciente recta de su agencialidad intelectual y la realización de la vida de su intelecto individual y colectivo. Esta vida, por demás compartida, pero difícilmente auto-reconocida, muestra los signos de su singularidad inalienable, cuando el evento de su fenomenalidad alcanza el cenit de cumplimiento, en la descripción escrita, que siempre, a contracorriente, busca decir lo indecible, dentro los parámetros de la conceptualidad. Siempre se retorna a fijar las riendas de sus límites, en los ejemplos de claro incumplimiento, en la contra-experiencia que, no obstante su opacidad, es sistematizada como una forma asistemática de la experiencia intelectual.
Claramente, la propuesta inicial de Adorno ha sido rebasada, tal como él pretendía que lo fuera, por el ámbito concreto en que se practica esta meditación filosófica. Geistige Erfahrung o l'expérience intellectuel, son voces de igual valor que la experiencia intelectual, pues la labor de ésta no está en manos de un idioma en particular sino que tiene su propio referente dentro de cada idioma y cultura. La continuidad de la experiencia intelectual marca su pauta en que se distingue tajantemente de la experiencia sensorial/sensible (‘empírica’) y de la experiencia psíquica. En cambio, tiene una semejanza casi de indiferenciación con las experiencias espiritual, metafísica, y filosófica, pese a la fuerza de sobriedad intelectual que busca imponer sobre todas las regiones de la filosofía.