Para la mirada clínica (dialéctica y/o fenomenológica) es importante discernir y distinguir entre el contenido propio de un objeto filosófico (filosofema) y la substancia experiencial que suscita dicho objeto. La expresividad inspirada-expirada, la espiritualidad, que el filosofema transpira es lo que hemos nombrado experiencia intelectual. El filosofema, a pesar suyo, desencadena y suelta una experiencia que se entremezcla con los significados de un mundo histórico consubstancial consigo. Estos significados, en tanto que son experiencia, son intelectual y expresivamente irreducibles a las inferencias universales y a los juicios determinados que pretenden condicionar.
Por ejemplo, un grillete sobre la propensión inferencial-universalista es la negación inmanente de la intencionalidad fenomenológica. La intencionalidad incluye dentro de sí un doblegarse de la fuerza del sujeto que atenta contra su existenciarse. Mientras el conocimiento es limitado dentro del encuadre de la representación descriptiva (sin autoconciencia sistemática de la expresividad lingüística), el sujeto es coartado en su auto-inauguración histórica. Formulado de otra manera, el concepto de conciencia intencional despierta, a pesar suyo, más que lo meramente central de un acto consciente. Hay un hálito en los márgenes de la conciencia que requiere supresión para enfocar el centro – pero éste rompimiento del hálito propio hace del objeto, para la labor de la significación, una excepción, en sentido estricto, aunque posteriormente sea materia de inferencia. La exclusión misma, lo diferente de la excepción que es el objeto conceptual – su margen – debe llegar a ser un objeto a su vez.
Pero la re-significación ante dicho objeto, hace al sujeto una agencia tanto más dependiente de su objetividad, pero, conforme adquiere una medida de sí mismo mediante el objeto, también se torna en una agencia más libre. Este sujeto intelectual es también social, pero al margen de toda excepción dada o aceptada. Pues ni siquiera esta más amplia intencionalidad acepta esta experiencia intelectual: pues se trata de un pasaje y una reversión de importancia entre lo que se dice y lo que se padece. Todo el intelecto se moviliza para encontrar un refugio en el silencio de su propio aplomo histórico, su valor vital, y más aun, espiritual. Lo que nadie experimenta en particular, algunos lo experimentan fuera de sí, en la entrega de la esperanza, en la afirmación de la verdad de esta esperanza. Una esperanza cifrada conceptualmente, contra-conceptualmente a un paso de la obliteración, y de la superación silenciosa de la misma, es decir, de la adquisición de la sabiduría, forjada del dolor.