Para leer a Hegel, Adorno aconsejó, no basta con buscar el contenido de las proposiciones, pues siempre carecerá de alcance de significación la facultad del entendimiento – es importante, más bien, tener una experiencia propia de la sustancia de ese contenido y de la verdad sustancial que cobrará forma en la interacción con nuestro intelecto. Adorno, como otros, considera que la historia de la filosofía, en particular la teoría hegeliana, debe ser aprendida y trabajada filosóficamente, libre de constricciones historiográficas.
Permanece la pregunta, no obstante, sobre de qué manera de trabajo debe ejercerse en el aprendizaje de la teoría hegeliana. Ciertamente no puede haber un programa ya completo de una construcción metateórica simultáneamente activo con la labor del aprendizaje. Por otro lado, un aprendizaje aislado de la teoría hegeliana, corre el riesgo de que pueda permanecer inaplicable para las exigencias intelectuales de las regiones concretas del mundo-de-la-vida.
Una solución es la adopción de un cuestionamiento metateórico que sugiera direcciones concretas para la labor del aprendizaje, y que señale instancias hipotéticas apropiadas a tal educación. En cuanto se trata del aprendizaje de la esencia de la teoría hegeliana, debemos comenzar afirmando que lo que reconoceremos como verdadero deberá manifestarse como consustancial con nuestra situación subjetiva. Para lograr establecer esta condición, debemos aceptar que nuestra actividad de pensamiento está instalada ya en nuestro ser conciudadanos entre y sobre la geo-sociografía urbana, en cierto momento histórico. Ningún tribunal filosófico previo a nosotros podría tener el dictamen final sobre la teoría hegeliana – más bien nuestro razonamiento apropiador de esta canónica filosófica la pondrá de frente a nuestro pasado más inmediato, animando su esencia para esclarecer lo que creeríamos acabado.
Es casi ineludible citar el juicio de Heidegger respecto a la filosofía hegeliana: que se trata de una metafísica constituida por una ‘onto-ego-teo-logía’. Esta concepción obedece enteramente al pathos de la clausura de la metafísica y es efecto de la reacción a esta auto-postulada clausura, que detiene su devenir en tres momentos: 1) invertir el platonismo (Nietzsche); 2) destruir la historia de la ontología (Heidegger); y 3) deconstruir el significado (Derrida). El defecto de las tres instancias es que sólo parecen superar la metafísica en su final diacrónico, y sólo logran una superación tentativa, ofreciendo su propio modo reactivo de filosofía, que inevitablemente también adopta la fisonomía de una metafísica, sin explicitar sus modos de constitución onto-lógica, onto-teológica, u onto-ego-teo-lógica. Incluso la mención de una ‘ontocronía’ y una descripción narrativa extensa de la incepción y el evento del ser no logra explicitar ni teórica ni sistemáticamente el postulamiento reactivo de un pensamiento ‘no-metafísico’, que sin embargo luce metafísico, y que parte de una onto-teología escondida: buscando invertir el platonismo, Nietzsche acaba por abrazar un vitalismo esquemático e infértil; el proyecto de Heidegger de replantear la pregunta sobre el ser no parece ofrecer nada más allá de una propuesta de reconstruir un lenguaje entre presocrático y teutónico que quizá nunca podrá ser concretada; finalmente, la empecinada persecución de un significado nomádico emprendida por Derrida deviene sin quererlo en una dogmática del discurso por el discurso mismo.
Nuestro cuestionamiento metateórico, entonces, comienza su trabajo hipotético declarando inacabado el dictamen sobre Hegel que requiere el reinicio de la examinación, descreyendo de la acusación y la condena de ‘onto-ego-teo-logía’. Hemos de preguntarnos sobre el conglomerado de filosofemas adecuado al pensamiento hegeliano. La teología francesa actual, siguiendo a Pascal, practica una cuarta “superación” de la metafísica: su destitución por Marion afirma que el pensamiento de la caridad es mucho más poderoso que cualquier metafísica. Por lo tanto preguntemos también cómo el hegelianismo nos ayudaría a combatir el capricho de la destitución de la metafísica. Preguntemos también si se trataría de una superación de la metafísica efectuada por un hegelianismo inconsciente, hacia qué modo de pensamiento se dirige, cuáles son sus articulaciones constitutivas, y además, cuál es la nueva definición de metafísica que inevitablemente quedará afirmada por esta superación. Preguntemos qué manera de superación efectuaría el hegelianismo en nuestros días: el efecto de la corrosividad negativa de la racionalidad crítica, o el Aufhebung.
Sin perder de vista que la tendencia constante en la experiencia metafísica es, como se ha sugerido, el destruir mediante la racionalidad crítica el tótem del dogmatismo (en éste caso, el espantapájaros de la onto-teología); pero simultáneamente, según escribió Adorno, será rescatar y redimir todos los aspectos de solidez y seriedad intelectual en la misma región tética que ha de ser destruida. De esta manera, la presentación de todo en sí, se encuentra con una voluntad de no aceptar lo que parezca aceptado, semejante al agnosticismo crítico kantiano, pero concurrentemente, se buscará rescatar y traer a esencia de la verdad, aquellos aspectos que asentarán el nuevo sustrato metafísico, captación y extracción del en sí.
Notemos que el pathos del rescate, de la redención intramundana de lo conceptual y lo no-conceptual, es diametralmente opuesto al pathos de la clausura de la metafísica; mientras que, como experiencia metafísica, hemos de continuar la campaña de la secularización ilustrada, mediante la destrucción de todo rastro de mitificación. Preguntemos entonces, siguiendo la experiencia metafísica, cuáles serán los cercanos futuros (la concreción del contenido utópico) de nuestras plataformas filosóficas, tras el enfrentamiento de éste último con la violencia silenciosa de la denuncia de su constitución onto-ego-teo-lógica. Será, preguntamos ahora, que la superación de la metafísica por el hegelianismo desembocará en una metafísica negativa, como la de Adorno, basada en el pesimismo ético; o en epistemología con fundamento en la experiencia intelectual como en Kant o Husserl; o en un aparato simultáneamente dialéctico y fenomenológico, que lograremos instituir en coincidencia o diferencia con las necesidades del sujeto colectivo de Apel.
Tanto en el aprendizaje la filosofía de Hegel, como en el de todas las grandes figuras de la historia filosófica, debemos traerlos a despertar al presente, donde nos ofrezcan actualizada la infinitud de su pensamiento, su apertura y resolución de cuestionamientos, y la voluntad para erigir las instituciones discursivas y fácticas como voces nuevas en la filosofía.